viernes, 27 de mayo de 2011

Longevidad


El cielo está tendido
Y el infierno servido
Y una vez más, amor,
Salvas mi vida,
Besame justo antes, por favor ,
De que mis ojos se cierren al final.
(…)
Nunca se sabe, puede suceder
Que la vida no termine nunca más.

(No Es Dios Todo Lo Que Reluce, Indio Solari, 2010)


Parte I: De Cómo Llegué A Encontrar A La Mujer Amada A Los 140 Años

El 11 de Octubre del 2111, el día que cumplí 140 años, me transformé en el primer hombre del mundo en alcanzar esa edad en la historia de la humanidad. Ya era “el hombre más viejo del mundo” desde que, cuatro años antes, se había muerto un cubano que tenía dos años más que yo, víctima de una célula guerrillera que se dedicaba a robar los órganos especiales que teníamos algunos. Vivía en el “Centro de Longevidad Total para Ultra Mega Millonarios”, desde fines del siglo XXI, jugando al ping pong con otros viejos (también reconstruídos) en el pabellón más exclusivo. El Centro estaba fortalecido por campos de fuerza para evitar ataques guerrilleros.


Así pasábamos los días, jugando al ping-pong, al Truco, y tratando de no discutir de política desde que, el año anterior, nos habíamos cagado a trompadas durante los festejos del tricentenario argentino, a causa de ponernos a recordar el gobierno de Cristina Kirchner de cien años antes. Cuando jugábamos al ping-pong, desactivábamos los brazos biónicos porque de lo contrario rompíamos todas las pelotitas.

El día que cumplí 140 años, sucedió algo que cambiaría mi vida para siempre. Ese día, como si fuera un regalo de cumpleaños enviado por Dios, ingresó una nueva pendejita a mi exclusivo pabellón. Se llamaba Maribel, tenía solo 113 años, un culo redondito y turgente, los ojos violetas de Elizabeth Taylor y las tetas de “auténtica carne rejuvenecida ajustables automáticamente según el deseo del chupador”, que eran tan costosas que solo las tenían tres mujeres en todo el mundo. Maribel se había hecho ultra mega millonaria hacía más de diez años, cuando había inventado la fórmula del “viagra-36.0”, que permitía tener sexo durante más de 36 horas seguidas, pudiendo volver a empezar luego de descansar 5 horas. Su invento fue tan exitoso que un laboratorio se lo compró a un precio que la convirtió en “la mujer más rica del mundo”. En ese entonces, entusiasmados con esta nueva pastilla, el “Gobierno Único Mundial” decretó 10 años de feriado para “coger y coger”, en lo que se llamó “La Gran Orgía De La Humanidad”, que se suspendió a los tres años porque la gente concluyó, meditando en las cinco horas de descanso, que no era tan divertido garchar sin amor, y muchos quedaron con sus órganos desgastados, lo que generó un nuevo negocio muy rentable relacionado con la reconstrucción genital.

Yo hacía más de 60 años que ya era ultra mega millonario, de los de varias decenas de dígitos. Me había enriquecido en Marzo del 2049, cuando tenía 77 años y ya llevaba 3 años viudo. Ese día, le regalé la mitad de la guita a mi único hijo, me compré un clon de “Lynda Carter vestida de Mujer Maravilla en 1975”, la encerré en un cuarto de mi nueva mansión (la clonación estaba prohibida pero se conseguían clones así de interesantes) y pensé: “Voy a tratar de pasarla bien”. Viví encerrado con el clon de Lynda por varios años.




Me había hecho ultra mega millonario a raíz de tener algunas acciones en una compañía que ganó la licitación mundial para techar el mundo, cuando la capa de ozono ya no tapaba un carajo y nos empezábamos a quemar vivos. El “Gobierno Único Mundial”, constituído en 2044, decidió que la única solución era techar los cinco continentes, con una nueva mezcla de plástico y acero que se había patentado en una pequeña compañía donde yo tenía el 10% de las acciones, que me habían costado el valor de una casa, unos pocos años antes. Cuando se conoció la noticia del techamiento total del planeta, las acciones subieron tanto que, de repente, me alcanzó para comprarme 60.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 de casas, casas más, casas menos (uso la unidad de medida “casas” para que el lector atemporal se haga una idea aproximada de lo millonario que era, porque si uso “kilos de pan” tengo que usar más ceros todavía, y además el pan ya no existía más.) De paso, además de hacerme millonario, me sentí partícipe necesario de haber salvado al planeta Tierra.

La tecnología de la época no solo permitía techar los cinco continentes, sino también iluminarlo artificialmente, con luces de calidad muy superior a la del sol, que lograron la aparición de más de un millón de nuevas plantas hermosas que adornaron todo el planeta, alegrando a la humanidad.

El agua que salía de la canilla tenía químicos que producían un bronceado perfecto, quedando los protectores solares como una antigüedad de la que mis nietos se me cagaban de risa cuando les contaba.

La tecnología en alimentos había avanzado a pasos extraordinarios: se vendían, a muy bajo precio, especie de frutas llamadas “Fiesta de sabores”. Estas frutas, no solo se combinaban inteligentemente para proveernos de las más exquisitas, sabrosas y novedosas combinaciones de sabores, sino que además contenían todas las vitaminas y proteínas necesarias, y curaban al estómago y la dentadura de todo posible mal. Mis favoritas eran las del gusto “Chocotorta” y “Sanguchitodelomito”. Su irrupción en el mercado, en 2042, terminó con las personas gordas o bulímicas.

Ya no existía el papel higiénico, debido a que comer “Fiesta de Sabores” te hacía cagar con regularidad semanal una especie de papel glasé marrón metalizado, que no ensuciaba el orto, sino que te trataba, preventivamente, la posible aparición de hemorroides. Las nuevas generaciones nos llamaban “los antiguos culos sucios” a los que habíamos vivido en aquel mundo donde, a veces, teníamos hambre y la saciábamos comiendo vacas y plantas. Se reían cuando les contábamos historias de excrementos y baños sucios, y no podían creer que en aquel tiempo la gente expelía gases con malos olores de su propio cuerpo. “¡Qué mundo de mierda! Literalmente”, se burlaban de nosotros. No entendían la canción “Promesas Sobre El Bidet” porque no sabían lo que era un bidet, aunque en algunos museos todavía se podía ver algunos.

Solucionados los problemas de la alimentación mundial y la destrucción de la capa de ozono, la nueva ambición de los seres humanos fue la longevidad. Vivir el mayor tiempo posible era el objetivo, y por eso aparecieron cientos de clínicas especializadas y asilos de ancianos donde, por suculentas sumas, te sometían a efectivos tratamientos de rejuvenecimiento celular, además de poder cambiar cada órgano de tu cuerpo que ocasionase problemas o quisieras mejorar. Solo los ultras mega ricos luchabábamos por la hiper-longevidad, mientras los ricos y los clase-media se conformaban si llegaban a los 100 años en un hospital. Los pobres habían dejado de existir, como la gaseosa chica en los cines de la década del 90 en el siglo XX, cuando solo habían quedado las medianas, grandes y extra-grandes.

En el “Centro de Longevidad Total”, donde me instalé de manera permanente para asegurarme la mayor calidad de vida posible, cambié mis lentes de contacto por “ojos biónicos”, que podían ver a través de las paredes y, lo mejor, a través de las ropas de las chicas. Estaba bueno pero me desconcentraba mucho.

Cuando me colocaron, dos años después, los “pulmones Aquaman”, que permitían estar hasta 18 horas abajo del agua, me acordé de todos los hincha-huevos que me jodían para que deje de fumar a principios del siglo XXI (todos se habían muerto antes que yo.)

Hablando de eso (de los huevos), me puse los “super-huevos-inteligentes”, que se autorrellenaban, desbordando de semen “ocho segundos después de cada eyaculación”, y se podían programar para espermatozoides fértiles o no, entre otras funciones, siendo las más disfrutables las que tenían que ver con el “bamboleo” y la “localización de puntos sensibles”. La publicidad decía “Ponete los huevos más bonitos del mundo, y que todo te chupe un huevo”. Costaban el equivalente a 1680 casas.

También regulaba mis pulsaciones y mi presión desde mi celular, tenía dos piernas biónicas capaz de correr a 400 km por hora y saltar superando la estratófera, y me peinaba por computadora, eligiendo, por ejemplo, el peinado de Robert Plant en 1973. Vía satélite, la computadora se conectaba con mis implantes capilares y los hacía crecer, según mi elección diaria, en cuestión de segundos. Todos los días tenía un peinado nuevo y no gastaba nada en crema de enjuage ni shampú.

Podía ajustar, desde mi computadora, el volumen de mis oídos, y escuchaba música desde un microchip, del tamaño de una cabeza de alfiler, que me habían incrustado en el cerebro, se prendía por control mental, y tenía todos los discos que alguna vez se habían grabado, inclusive recitales piratas grabados de aire, a los que les habían mejorado el sonido. Antes de mandarlo a instalar, me había asegurado que borren los discos de arjona del microchip.

Por esa época, Argentina estaba a la vanguardia de los adelantes técnológicos en longevidad. Esto se debía a que, hacía más de cien años, en diciembre del 2007, Cristina Fernández de Kirchner había creado el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, y había iniciado un exitoso proceso de repatriación de ciéntificos. Cuando en el 2023, luego de las dos décadas de kircherismo, ganó el innombrable representante de la derecha, regaló todos esos descubrimientos a empresas privadas, por lo que la longevidad pasó a ser una rama de la medicina accesible solo a millonarios, tal cual le gusta a la gente de derecha. Los grandes centros creados por el kircherismo, ahora privatizados, seguían estando a la vanguardia mundial, pero ahora solo eran accesibles a los ultra mega millanarios como yo.

El día de mi cumpleaños de 140, cuando vi entrar a Maribel, pensé: “Esta es para mí”, y enseguida iniciamos una charla en la que simpatizamos rápidamente. Esto se debía, en gran parte, a que entre muchas drogas que nos daban en el centro de longevidad, había una que nos convertía en personas simpáticas. Por ejemplo, si un viejo se meaba encima porque se había olvidado de activar el “regulador de riñones”, en lugar de decirle “Viejo boludo, sos un asco, ¡mirá como te measte!” le decíamos muchos elogios y palabras de aliento. ¡Ja! ¡Qué simpáticos que éramos gracias a las drogas en el siglo XXII!

Cuando Maribel me saludó por mis 140 años, dejé de jugar al ping pong y la invité a mi cuarto para hablar un rato a solas. Nos recostamos en mi cama-voladora-masajeadora, y comenzamos a recordar el siglo XX. Nos caímos simpáticos porque ambos coincidimos en lo mucho que nos gustaba el disco Let It Bleed de los Rolling Stones, aunque a ella también le gustaba la etapa Stone de la década del 20, cuando Jagger ya había muerto y cantaba Charlie Watts. “Cantaba mejor y además volvieron a sus raíces rhytmnbluseras”, me dijo. “Sí, todo bien, pero Let It Bleed está mejor”, le respondí con una sonrisa. Subí un poco la temperatura del cuarto buscando que se sacara algo de ropa, pero enseguida advertí que ella ya tenía activada la “autoregulación de temperatura corporal”. Entonces decidí ir al grano, como le gustaba a las mujeres de esa época, y le dije: “Che, no tengo yerba para el mate, ¿cogemos un rato?” y, cuando vi en su mirada la respuesta afirmativa, le dije: “Esperá que me tomo una pastilla de las que inventaste.” No sabés, hermano, me eché 267 polvos sin sacarla en las siguientes 36 horas, gracias a mis “super-huevos-inteligentes” y su bendita pastilla 36.0. Al terminar, estaba tan contento que le regalé el anillo de calavera auténtico que le había comprado al nieto de Keith Richards en el 2052, por solo 16.000.000 de euros.

- Cogen bien las de 113 años, eh – le dije, piropeándola.

- Y... la experiencia cuenta. Nunca lo había hecho con alguien con “super huevos inteligentes”. Fue lo mejor que me pasó en mi vida.

- ¿Querés casarte conmigo? 
 
- Y.... dale – respondió imitando a Tino aceptando las invitaciones de Gargamuza.


Y así fue como cambié las tardes de ping-pong con viejos chotos que se meaban encima, por una vida hogareña, siempre dentro del “Centro de Longevidad Total para Ultra Mega Millonarios”, con Maribel, una pendeja genial de 113 años que tenía flequillito y culo stone.


Parte II: The End

Cada vez que teníamos que salir, teníamos que contratar un ejército de miles de personas con sofisticadas armas, ya que en el mundo había varias células guerrilleras dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de encontrar a una persona con “órganos especiales” como Maribel y yo, asesinarnos despiadamente y robarnos los órganos. Eso me rompía un poco mis “super huevos inteligentes”. Sin embargo, salir no era necesario, ya que se podía visitar a la gente virtualmente porque las paredes se podían conectar con cámaras de ultra high definition (veías mejor que en la vida real) con las paredes de los casas de tus amigos, así que no tenía mucho sentido trasladarse a no ser que necesitases darle un abrazo a alguien. De hecho, yo visitaba todos los días a mis nietos, sin salir del Centro de Longevidad. Los divertía contándoles, por ejemplo, las historias de unos tipos que se hacían llamar dentistas.

Un día, nos levantamos con ganas de salir a la calle con Maribel. Nuestros compañeros de pabellón nos dijeron que estábamos locos, que era muy arriesgado, recordándonos la forma violenta en que una célula guerrillera le había robado los ojos biónicos y la “nariz anti-mocos” a un ex compañero que había querido ir a abrazar a un amigo. Pero decidimos salir igual.

Al instante mismo en que pisamos la puerta del Centro de Longevidad, varias ráfagas de rayos lázers nos llegaron desde distintos puntos. Eso no nos preocupó porque Maribel recién se había hecho instalar el campo espejado que devolvía todos los lázers a sus destinatarios, así que matamos como ocho guerrilleros. Levanté a Maribel como si fuera nuestra noche de bodas, y comencé a correr con mi piernas biónicas, llegando a la casa donde había vivido, en la avenida techada Diego Armando Maradona, que quedaba a ocho kilómetros del Centro de Longevidad. Tardé 3.9 segundos. Decidimos refugiarnos ahí porque esa casa tenía campo de fuerza contra guerrilleros.

Adentro de mi casa, todavía estaba viviendo el clon de Lynda Carter, que ahora tenía 86 años, ya que la había comprado hacía 62 años, cuando ella tenía 24. Todavía llevaba puesto el traje de la Mujer Maravilla, aunque no le ajustaba tan bien como antes, ya que le pagaba un tratamiento de rejuvenecimiento celular medio berreta. Nos sentamos a charlar en unos sillones, cuando de repente el clon de Lynda saca su “Lazo de la Verdad”, y nos enlazó a ambos.

- ¿Qué hacés, loca? - le preguntamos, pero no necesitamos respuesta: Lynda pertenecía a una célula terrorista y estaba dispuesta a robarnos nuestros órganos especiales -. No puedo creer que justo vos, Lynda, sos la que me iba a traicionar.

- Los clones solemos morder la mano de quién nos da de comer – me respondió, la muy hijaeputa.

El “Lazo de la Verdad” no solo estaba construído con un material irrompible incluso para nuestra fuerza biónica, sino que realmente funcionaba como Lazo de la Verdad. Esto significaba que estábamos incapacitados para mentir mientras nos tenía enlazados.

- ¿Qué hacen viviendo después de los 100 años? Vos, Alejandro... ¡tenés 140 años! ¡Qué mierda hacés viviendo todavía! ¿Qué sentido tiene? - nos preguntó, descolocándonos.

- La verdad que ninguno – le respondí.

- Yo también quiero morirme hace rato, estoy re-embolada – dijo Maribel.

- ¿Tienen ganas de morirse?

- Obvio – respondí -. Lo que pasa es que tengo miedo.

- ¿De qué tenés miedo, boludo? - me preguntó la Mujer Maravilla -. Pensalo de esta forma: o vas a otro lugar o no existís más. Cualquier cosa es mejor que ser un viejo todo reconstruído, siempre escondiéndose de las células guerrilleras.

- ¿Sabés que tenés razón? - le dije -. Te pido un favor, sacanos el Lazo y dejanos morir tranquilos.

La clon de la Mujer Maravilla nos desenlazó, porque sabía que le estábamos diciendo la verdad. Le pedimos, por favor, que no nos robase los órganos mientras permanecíamos vivos, que me deje morir en paz junto a mi mujer amada, que se vaya a dar una vuelta y vuelva dentro de unas horas, cuando ya estuviésemos muertos. La clon respetó nuestra deseo.

Decidimos no drogarnos más, dejar de tomar la pastilla para el rejuvenecimiento celular que teníamos que tomar cada hora, y todas las otras pastillas, y nos quedamos tirados en la cama, charlando, y dos horas después vimos como nuestros cuerpos se avejentaban, se hacían horribles, la piel se arrugaba como un bandoneón, la piel se podría, la piel olía mal, y todo empezaba a doler y doler, y el pelo y el culo se nos caían, y los ojos perdían el brillo, y nosotros seguíamos mirándonos a los ojos, enamorados, y decidimos besarnos, y ese beso fue mucho más real y lindo, fue realmente el único beso que valió la pena, y así nos morimos, al mismo tiempo, sonriendo.

http://www.youtube.com/watch?v=-Pblc60VfKM



No hay comentarios.: