martes, 14 de abril de 2015

Pablo Escobar Pone Un Zoológico En Su Hacienda



Extraído del libro "Pablo Escobar, Mi Padre" de Juan Sebastián Marroquín Santos (2014):


Semanas después, Alfredo le contó que había contactado a los propietarios de un zoocriadero de Dallas, Texas, que capturaban los animales en África y los llevaban a Estados Unidos.
Entusiasmado, mi padre organizó un viaje de nuevo con toda la familia para hacer el negocio. Cuando llegamos al aeropuerto de Dallas nos sorprendimos porque en la pista de aterrizaje esperaban entre ocho y diez lujosas limosinas. Eran tantas que me fui solo en
uno de esos enormes vehículos viendo en la televisión las aventuras de Tom y Jerry y con un enorme vaso de chocolate en las manos.
Mi papá quedó descrestado por la variedad de animales que encontró en ese lugar y no tuvo reparo en subir por unos minutos al lomo de un elefante. Sin dudarlo un segundo, negoció con los dueños del zoológico —dos hermanos, grandotes, de apellido Hunt—, pagó dos millones de dólares en efectivo y quedó en enviar muy pronto por sus animales.


Como los viajes en barco eran más demorados y los animales estaba expuestos a mayores riesgos, mi padre decidió traerlos en vuelos clandestinos, es decir, en desembarcos exprés. Escogió para semejante tarea a su amigo Fernando Arbeláez, quien alquiló varios aviones Hercules para que aterrizaran en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín cuando las operaciones aéreas hubiesen terminado. La estrategia se facilitó porque las condiciones de seguridad del aeropuerto eran muy precarias y mi padre era dueño de dos hangares contiguos a la pista principal.
Así, Arbeláez logró tal exactitud que los aviones llegaban minutos después de las seis de la tarde, cuando la torre de control y las luces de la pista de aterrizaje. En ese instante aparecía el Hercules en la distancia. Mientras el enorme aparato aterrizaba sin apagar los motores, del hangar de mi padre salían numerosos camiones y empleados con varias grúas y con una rapidez asombrosa bajaban los guacales con los animales. Luego, el avión decolaba nuevamente. Cuando las autoridades llegaban, alertadas por el ruido, solo encontraban algunas cajas de madera vacías y muchas plumas y pelos en el piso. Desde entonces, a Fernando lo apodaron ‘el animalero’. Los desembarcos exprés permitieron que en poco tiempo mi padre llenara de animales el zoológico de Nápoles, justo cuando la autopista Medellín-Bogotá estaba casi lista. 

Pero faltaba una pareja de rinocerontes. Para traerla desde Estados Unidos, mi papá contrató un viejo avión DC-3 cuyo piloto resultó ser un curtido aviador que se comprometió a aterrizar pese a que necesitaba una pista de mil doscientos metros, trescientos más de los que tenía la de Nápoles.
Así, luego de medir las distancias y calcular el tiempo de frenada, la aeronave descendió sobre los cielos de Nápoles, aterrizó aparatosamente y en ese momento el hábil piloto hizo que girara al menos diez veces sobre su rueda trasera, hasta que frenó en el borde antes de caer al río Doradal.

El zoológico estaba prácticamente listo, pero mi padre quería más y más animales. Y eran gustos muy costosos. Como la pareja de loras negras que compró en Miami, a donde había viajado a cobrar una deuda de siete millones de dólares de un distribuidor de cocaína. Aunque tenía la cita con el acreedor a las dos de la tarde, prefirió ir donde el dueño de los animales, que le había pedido encontrarse a la misma hora en el otro extremo de la ciudad. Así, las loras se convirtieron en los animales más costosos del zoológico porque las compró en cuatrocientos mil dólares. Semanas después, furioso, mi padre llamó a quejarse porque un veterinario descubrió que las habían castrado.

Mi padre pasaba horas enteras admirando las enormes jaulas donde estaban exhibidas las aves más exóticas del mundo. Las loras eran sus preferidas y había de todos los colores, incluidas las negras. Pero tampoco era suficiente porque durante el viaje que hizo a Brasil en marzo de 1982 para celebrar su elección como representante a la Cámara, descubrió una lora azul con ojos amarillos, única en su especie y protegida por las leyes de ese país. Pero como él no conocía límites, se las arregló para que su piloto la sacara de contrabando. La lora viajó sola en el avión privado de mi padre. ¿El costo? Cien mil dólares.

1 comentario:

Leandro Snm dijo...

Jaja excelente. Conozco un poco la historia por la serie que me recomendaste. ¿Tenés el libro en epub o similar? ¿No me lo enviarías vía mail/fb cuando puedas? Gracias.