martes, 1 de febrero de 2011

Diez Años Sin Amor


“Te quiero”, pensé
“Te quiero, sos muy linda, me hacés bien”, yo te dije
Y me dijiste algo de la energía
“Transformá la mala en buena”, me dijiste
(Onda Vaga)

En este blog no se habla de mis relaciones amorosas porque ninguna chica me ama. Los estudiosos del tema afirman que esto sucede porque soy horrible, egoísta, malhumorado, come-uñas, débil mental, y porque creo con firmeza que Guillermo Moreno le hace muy bien a este país, pero son todas falacias. Ninguna me ama porque a principios de este siglo fui víctima de un trabajo de magia negra por parte de una a la que le rompí el corazón.

A principios de siglo la situación era otra. Me acercaba a los treinta años y la vida me ofrecía festivales diarios. Bastaba una sonrisa a cualquier chica para que su bombacha se humedeciese,
y si a ese encandelamiento le agregaba un par de palabras elegantes, podía percibir que la chica generaba un amor inmenso hacia mi persona. Advertía que a las chicas les sucedía esto por la forma en que me miraban, las cosas que me decían, la buena predisposición que me demostraban, y porque no se enojaban si se me escapaba un gas. Así andaba muy feliz, mojando la nutria seguido, y hasta con un poco de culpa por la vida que estaba llevando. A la vez, observaba como todos mis amigos consolidaban sus relaciones de pareja, y tenía miedo que a mí me pasara lo mismo. A ese ritmo, era posible que me enamorase de alguna de ellas, y eso sería contraproducente para lo bien que planeaba pasarlo de los treinta a los cuarenta.

Rompía corazones seguido, pero con suavidad. Rompía corazones en cuotas. Trataba de manejar mis relaciones haciendo que las chicas sufran lo menos posible al advertir que su amor no era correspondido. Pero eso también me estaba rompiendo las pelotas, y hasta deseé poder vivir en un mundo en el cual las chicas satisficieran mis deseos sexuales, sin tener que comerme el garrón de verlas llorando después. (1) 

Hasta que una noche, de repente, mientras dormía solo, un cuervo negro se posó en mi hombro derecho, y desde ese momento nunca abandonó ese lugar. Es invisible a los ojos de los demás, e impalpable a sus tactos, pero emite una vibración que impide que cualquier chica se enamore de mí. Sólo lo pueden ver o tocar los que están bajo el efecto de la pepa.

Asustado por ese pájaro negro, y como tengo buenas conexiones místicas, invoqué de inmediato a algunos de mis espíritus amigos, que responden a la parte blanca del mundo espiritual. Aparecieron enseguida para contarme que Cecilia, una chica a la que le rompí el corazón cuando me planteó con dureza tener una relación seria y obtuvo por respuesta una negativa sutil, me había realizado un trabajo de magia negra para lograr que ninguna chica se pueda enamorar de mí por el resto de mi vida. El cuervo me acompañaría por siempre, y por lo tanto estaba condenado a una vida carente de amor, donde yo podría entregar (el inmenso amor que se rebalsa de mi ser, que se escapa de mis poros, que es capaz de inundar al mundo curando todas sus enfermedades) pero jamás podría recibirlo. Sin embargo, los espíritus blancos me explicaron que no debía preocuparme, ya que la magia blanca era más fuerte que la negra, y por lo tanto la forma de anular el “trabajo”, y lograr ser apto para ser amado, era sencilla. Simplemente debía recitar lo siguiente, cualquier medianoche, y el cuervo desaparecería:

“contacto rudo tan beso tierno un con suavizar a prestos están, peregrinos ruborosos dos como, labios Mis: expiación gentil más mi aquí he, relicario santo este profano, indigna demás por, mano mi con Si”.

Ante mi sorpresa por tan raras palabras, me explicaron que eran una traducción de las primeras palabras que Romeo Montesco le dijo a Julieta Capuleto en una obra de teatro escrito por Shakespeare, pero dichas al revés. Respiré aliviado mientras tomaba nota, ya que de esas palabras dependía mi futuro. Algún día, cuando yo quiera, volveré a tener la capacidad de poder ser amado.

Casi diez años después, todavía me acompaña el cuervo, al que bauticé Edgar Allan. Incluso en este momento, mientras escribo esto, lo estoy mirando. Casi todos los días le digo: “Esta medianoche nos separaremos”, pero la verdad es que me cae simpático, y además soy muy haragán, y muy sensible como para romperle el corazón a un pobre cuervo. Se lo digo para asustarlo nomás, porque sé que él también está encariñado conmigo aunque no me ama. Decidí probar una década de vida despreocupada, sin ninguna que me absorbiese la energía, pudiendo circular libremente por la vida, teniendo que luchar cual Quijote para levantarme a las minas que me gustan, en lugar de enamorarlas con una simple sonrisa y luego verme obligado a romperles el corazón.

Ya sé, muchacha lectora de mi blog, que cuando mirás mis fotos Facebook te asombrás de lo guapo que soy, te babeás con mi trabajada musculatura y, por supuesto, te enamorás de esas fotos por mi abundante y copada cabellera, pero luego te decepcionás cuando nos encontramos personalmente. Esto es porque Edgar Allan no sale las fotos (y, a veces, porque me olvido de ponerme desodorante). Pero no te preocupes porque, una de estas medianoches, me deshago de ese cuervo y te dejo que te enamores de mí. Eso no quiere decir que tu amor vaya a ser correspondido, pero bueno… algo es algo. Te voy a dar una chance como Lennon pedía que le den a la paz.


(1)   Antes de morirme escuché a Zappa que cantaba: "los corazones
 rotos son para los imbéciles..." Seguro tiene razón. (La Noche Que 
Me Echaste, Los Caballeros De La Quema, 1994)

2 comentarios:

La Tilinga dijo...

Esta entrada es muy pero muy buena. Cuando empecé a leer, me imaginé un mambo de alguien que intentaba idealizar a "Cecilia" o a alguna de sus relaciones pasadas.

Si no fue era porque no tenía que ser, está en el pasado. La belleza fluye de la dignidad y la confianza en uno mismo, independientemente de las diferencias ideológicas que existan. El resto supongo que dependerá de la frasecita mágica para romper el gualicho :P

Ale R dijo...

Gracias Tilinga!